Había una vez una tortuga muy inconforme con la vida que le había tocado y que en consecuencia no hacía otra cosa que lamentarse, estaba realmente cansada de andar lentamente por todo el mundo con su caparazón. Su más profundo deseo era poder volar a gran velocidad y disfrutar de la tierra desde las alturas tal como lo hacía el águila.
Qué suerte tiene el águila mientras
yo me desplazo por tierra y tardo horas en llegar a cualquier lugar ella puede
ir de un sitio a otro en cuestión de segundos. Cuánto me gustaría tener sus
magníficas alas. -dijo la tortuga
El águila desde arriba se daba
cuenta que una tortuga siempre la seguía con la mirada así que un día decidió
posar al lado de la tortuga y hablar con ella.
Hola amiga tortuga, todos los
días te quedas pasmada contemplando lo que hago ¿puedes explicarme a qué se
debe tanto interés? – dijo el águila.
Perdona espero no haberte parecido
indiscreta es tan solo que me encanta verte volar, ojalá yo fuera como tú. -dijo
la tortuga.
El águila la miro con dulzura e intentó animarla.
Bueno, es cierto que yo puedo volar,
pero tú tienes otras ventajas ese caparazón por ejemplo te protege de los
enemigos mientras que yo voy a cuerpo descubierto. -dijo el águila
Bueno si tú lo dices, no es que
me queje de mi caparazón, pero no se puede comparar con volar; tienen que ser
alucinante contemplar el paisaje desde el cielo, subir hasta las nubes sentir
el aire fresco en la cara y escuchar de cerca el sonido del viento justo antes
de las tormentas.
La tortuga siguió insistiendo y
dijo escucha amiga águila se me ocurre una idea ¿qué te parece si me enseñas a
volar?, el águila se quedó pensativa.
En vista de la insistencia de la
tortuga el águila accedió a su pedido, entonces el águila la atrapó con sus poderosas
garras para elevarla a la altura de las nubes la tortuga estaba tan maravillada
que sentía que estaba volando por sí misma; la tortuga estaba tan feliz y dijo “sube,
sube, sube más que esto muy divertido”.
Entonces el águila ascendió muy
alto por encima de las nubes, tan emocionada estaba la tortuga que le pidió al
águila que la dejara volar por sí misma.
El águila no estaba de acuerdo
con este pedido, pero aún así accedió y la soltó. La tortuga caía a gran
velocidad y con mucha felicidad mientras descendía se dio cuenta de que no
podía volar, sino que solo caía.
Es así como la tortuga había
comprendido su error de que ella no tenía la habilidad de volar, pero lamentablemente
ya era demasiado tarde, puesto que la tortuga cayó contra el suelo y se hizo
mucho daño.
Moraleja: Todos debemos
aceptarnos tal y cual somos, siendo felices con todas las cualidades que poseen,
ya que cada uno es un ser único especial e irrepetible.
Desafío
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